Té de jengibre y limón para los días grises
A veces cuidarse empieza en pequeños rituales silenciosos.
Hoy Barranquilla amaneció nublada.
Parece que va a llover, aunque el calor siga abrazando las paredes como siempre.
El ventilador gira lento.
La casa está en silencio.
Y yo estoy aquí, escribiendo mientras preparo un té de jengibre y limón para intentar calmar pensamientos que llevan días haciendo ruido dentro de mí.
Hay días donde una no necesita consejos.
Ni productividad.
Ni respuestas.
Solo algo tibio entre las manos.
Algo que le recuerde al cuerpo que todavía merece cuidado.
Incluso cuando el corazón está cansado.
Creo que por eso me gustan tanto los rituales pequeños.
Cortar lentamente un poco de jengibre.
Escuchar hervir el agua.
Exprimir un limón mientras el cielo Caribe amenaza lluvia.
Esperar.
Respirar.
El limón tiene algo limpio.
Como si despertara el cuerpo suavemente desde adentro.
El jengibre, en cambio, se siente más parecido a una conversación cálida:
reconforta,
desinflama,
devuelve un poco de calor cuando una emocionalmente se siente gris.
Para recordarme las cosas dulces por las que agradezco,
a veces agrego miel.
Otras veces azúcar.
Aunque últimamente intento dejarla.
Y no solo por salud.
Pienso mucho en cómo algo tan pequeño y aparentemente inocente pudo sostener tanto sufrimiento:
esclavos trabajando plantaciones,
cuerpos agotados,
adicciones silenciosas,
personas intentando llenar vacíos emocionales a través de algo dulce.
Me impresiona cómo algo puede endulzar y destruir al mismo tiempo.
Supongo que muchas cosas en la vida funcionan así.
Quizá por eso intento aprender formas más suaves de cuidarme.
Más conscientes.
Más presentes.
Porque el cuerpo no debería tener que colapsar para merecer ternura.
Hay algo profundamente humano en preparar algo caliente para una misma.
Y quizá sanar no empieza con grandes transformaciones.
Quizá empieza así:
una cocina silenciosa,
un viernes gris en Barranquilla,
lluvia que todavía no cae,
una mujer escribiendo para sacar pensamientos intrusivos del pecho,
y un té preparado con la intención de reparar el corazón y renovar fuerzas.
Pienso mucho en Elías últimamente.
En cómo Dios no le habló primero desde la exigencia.
Le dio descanso.
Agua.
Comida.
Silencio.
Eso me conmueve.
Porque quizá hay temporadas donde lo más espiritual que podemos hacer…
es aprender a alimentarnos con suavidad otra vez.

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