¿Por qué buscamos constantemente la aprobación de los demás?


El camino de regreso a ti

Una carta sobre el cansancio de intentar ser suficiente para todo el mundo

Esta mañana estaba sentada junto a la ventana de la cocina mientras terminaba mi café. Había llovido durante la madrugada y todavía quedaban pequeñas gotas aferradas al vidrio. La casa estaba en silencio. Ese tipo de silencio extraño que a veces aparece antes de que el día comience realmente.

No sé por qué pensé en esto, pero recordé la cantidad de veces que he tomado una decisión y, casi de inmediato, he sentido la necesidad de contársela a alguien. No porque necesitara ayuda. No porque estuviera confundida. Sino porque una parte de mí parecía necesitar escuchar algo parecido a: "Sí, está bien. Lo estás haciendo bien."

Mientras observaba la lluvia secándose lentamente sobre la ventana, me pregunté cuántas mujeres vivirán acompañadas por esa misma sensación.

No siempre se presenta de forma evidente. A veces aparece cuando revisamos el teléfono esperando una respuesta que tarda más de lo normal. O cuando terminamos una conversación y seguimos repasándola mentalmente mientras doblamos ropa o lavamos los platos. O cuando estamos a punto de tomar una decisión importante y buscamos una opinión más, y luego otra, y después otra, como si en algún lugar fuera a aparecer finalmente la certeza que no encontramos dentro de nosotras.

Durante mucho tiempo pensé que aquello era simplemente inseguridad. Pero los años me han vuelto más cuidadosa con las explicaciones rápidas. Ahora sospecho que muchas de las cosas que hacemos no nacen donde creemos que nacen.

Hay heridas que llegan a la vida adulta disfrazadas de hábitos.

Hay miedos que aprendieron a hablar con la voz de la prudencia.

Y hay necesidades emocionales tan antiguas que terminamos creyendo que forman parte de nuestra personalidad.

A veces me pregunto si muchas de nosotras aprendimos demasiado temprano a observar la reacción de los demás. Aprendimos a notar cuándo alguien estaba satisfecho, cuándo estaba decepcionado, cuándo estaba orgulloso y cuándo se alejaba emocionalmente. Sin darnos cuenta comenzamos a adaptar partes de nosotras para conservar el afecto, la cercanía o la sensación de pertenecer.

No creo que esto ocurra porque alguien quiera hacernos daño. Mientras más años cumplo, más consciente soy de que la mayoría de las personas también estaban intentando sobrevivir a sus propias heridas mientras nos amaban. Sin embargo, algunas lecciones permanecen mucho después de que termina la infancia.

Y una de ellas parece ser esta: si logro convertirme en la persona correcta, tal vez nunca me quedaré sola.

Quizá por eso la necesidad de aprobación resulta tan agotadora.

Porque rara vez se trata de reconocimiento.

Rara vez se trata de elogios.

Lo que suele esconderse debajo es algo mucho más humano.

El deseo profundo de sentir que seguiremos siendo amadas incluso cuando decepcionemos a alguien.

El deseo de creer que nuestro lugar en el corazón de otros no depende de hacerlo todo bien.

El deseo de descansar.

Con los años he conocido mujeres admiradas que siguen sintiéndose insuficientes. Mujeres fuertes que viven agotadas. Mujeres profundamente amadas que todavía dudan de si merecen ese amor. Y cada vez estoy menos convencida de que el problema sea la falta de reconocimiento.

Creo que, muchas veces, el verdadero cansancio aparece cuando llevamos demasiado tiempo intentando ganar algo que ya debería pertenecernos.

Como si pasáramos la vida entera intentando demostrar que somos dignas de ocupar un lugar.

Mientras escribo estas líneas recuerdo unas palabras de Pablo que durante años entendí de manera equivocada: "¿Busco agradar a los hombres o a Dios?"

Antes escuchaba esa pregunta como una exigencia.

Hoy la escucho como una invitación suave.

Como si alguien me preguntara:

¿Qué quedaría de ti si dejaras de organizar tu vida alrededor de la mirada ajena?

¿Quién aparecería si ya no necesitaras demostrar constantemente que eres suficiente?

No tengo una respuesta completa.

Todavía hay días en los que una opinión pesa demasiado.

Todavía hay momentos en los que busco afuera una tranquilidad que debería buscar dentro.

Todavía sigo aprendiendo.

Pero quizá regresar a una misma comienza precisamente ahí. No cuando dejamos de necesitar amor, compañía o comunidad. Sino cuando dejamos de confundir el amor con la aprobación.

Porque las personas cambian.

Las expectativas cambian.

Las opiniones cambian.

Y, sin embargo, hay algo más profundo que permanece.

Tal vez el camino de regreso a nosotras mismas consiste en aprender a escuchar esa voz.

La que sigue ahí cuando el ruido de las expectativas finalmente se queda en silencio.

Con cariño,

Venus de Nilo


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