Cuando dejé de esperar la lluvia

Una carta sobre los años en los que dejé de esperar que algo bueno pudiera pasar


Anoche llovió un poco. No fue una gran lluvia. Apenas unos minutos. Lo suficiente para mojar las calles, refrescar el aire y hacer que la ciudad pareciera distinta durante un instante.

Esta mañana, mientras abría las ventanas de la casa y preparaba el desayuno, recordé algo que he escuchado toda mi vida aquí en la costa. Cada vez que cae una lluvia breve en medio de un calor insoportable, siempre aparece alguien que dice:

—Prepárate, porque ahora es cuando viene el calor....

No sé si siempre es cierto. Supongo que habrá quien pueda explicarlo mejor desde la meteorología. Pero mientras cortaba fruta y escuchaba el sonido del agua hirviendo en la cocina, pensé que esa frase habla de algo mucho más humano que del clima. Habla de la forma en que aprendemos a relacionarnos con la esperanza.

Mientras pensaba en todo esto preparé un batido con las frutas que tenía en casa. Fui colocando los trozos de piña recién cortada dentro de la licuadora. Después añadí algunos cubos de melón que había dejado congelando la noche anterior y, al final, unas gotas de limón.

Recuerdo que me quedé observándolo unos segundos antes de encender la licuadora.

La piña aportaría el dulzor.

El melón el frío y la consistencia que normalmente buscamos en el hielo, pero sin terminar aguando el sabor.

Y el limón ese punto ácido que la fruta necesitaba aquella mañana.

Mientras observaba los ingredientes pensé que quizá la vida también se parece un poco a eso.

Hay temporadas dulces. Hay temporadas simples. Hay temporadas que dejan una acidez difícil de ignorar. Y, sin embargo, cuando cada cosa ocupa el lugar que le corresponde, algo termina encontrando equilibrio. No porque todo sea agradable. Sino porque incluso aquello que no habríamos elegido cumple una función dentro de la historia. 

Y entonces recordé que hubo una época en la que yo esperaba la lluvia con ilusión.

Cuando comenzaban a caer las primeras gotas, salía al patio y dejaba que me empapara. Sentía que el agua podía llevarse algo de lo que me pesaba por dentro. A veces, cuando no podía quedarme bajo la lluvia, intentaba al menos lavar mi cabello con esa agua recién caída del cielo.

Era una costumbre sencilla, casi infantil. Pero me gustaba imaginar que, junto con el polvo y el calor, también se iban algunas preocupaciones.

No sé exactamente cuándo dejé de sentirlo así. No sé cuándo empecé a escuchar la lluvia y pensar primero en el calor que vendría después.




Para reflexionar a solas

Solo una pregunta. Deja que se enraice en tu corazón y ten fé, crecerá lentamente como una semilla de mostaza

¿Qué pequeña cosa me haría ilusión volver a hacer?

Pequeños instantes para recargar el amor propio

Prepara una bebida o comida sencilla que disfrutes.

No para compartirla.
No para una ocasión especial.
No porque te la hayas ganado.

Solo porque sí.

Mientras la preparas, piensa en algo que disfrutabas antes y que has dejado de hacer.

Tal vez leer.
Caminar.
Bailar.
Escuchar música.
Tomar fotografías.
Escribir.

Elige una sola cosa.

La más pequeña.

La más fácil.

Y comprométete a hacerla esta semana durante diez minutos.

No para mejorar.
No para sanar.
No para ser productiva.

Solo para recordar que todavía estás viva.


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