El día que descubrí que mi cuerpo también tenía cosas que decir
La Sabia Cocina:
Smoothie tropical de piña, melón y limón
Amiga, hoy hace calor.
No un calor extraordinario. No de esos que aparecen en los titulares porque rompen récords. Hablo del calor habitual de Barranquilla, ese que parece quedarse suspendido en el aire desde temprano y que, al llegar el mediodía, hace que una camine más despacio, busque sombra sin pensarlo y agradezca cualquier brisa que se atreva a cruzar la ciudad.
Esta mañana abrí la nevera buscando algo fresco para el desayuno. Desde hace algunos meses he intentado hacer pequeños cambios en mi alimentación. Nada radical. Nada que se parezca a esas transformaciones repentinas que a veces vemos en internet y que parecen ocurrir de la noche a la mañana. Más bien ha sido un proceso lento, casi silencioso. Una conversación que comenzó cuando empecé a preguntarme si mi cuerpo necesitaba realmente tantas cosas que yo le estaba dando por costumbre.
Entre ellas, la Coca-Cola.
Todavía me resulta extraño escribirlo porque durante años pensé que jamás dejaría de tomarla. No porque me fascinara especialmente su sabor, sino porque formaba parte de mi vida cotidiana. Estaba presente en almuerzos familiares, reuniones, celebraciones y días comunes. Había dejado de ser una bebida para convertirse en un hábito. Y los hábitos, cuando llevan mucho tiempo acompañándonos, terminan pareciéndose demasiado a las necesidades.
Saqué una piña que había comprado unos días antes. Después encontré unos trozos de melón que había dejado congelando la noche anterior y busqué un limón que esperaba en una esquina del refrigerador. Mientras reunía todo sobre el mesón de la cocina, pensaba qué preparar para el almuerzo, probablemente el instante no tenía nada de extraordinario. Sin embargo, son precisamente esos momentos sencillos los que suelen quedarse conmigo.
Comencé a cortar la fruta y fui colocando cada ingrediente dentro de la licuadora. La piña aportaría el dulzor. El melón congelado reemplazaría el hielo y daría una textura más cremosa sin diluir el sabor. El limón aportaría ese punto cítrico que aquella piña parecía necesitar. A veces también agrego unas gotas de vainilla. No porque haga falta, sino porque me gusta. Hay aromas que vuelven más amable una mañana y la vainilla siempre ha tenido ese efecto en mí.
Antes de encender la licuadora me quedé observando la mezcla durante unos segundos. Y no sé exactamente por qué, pero pensé que la vida se parece mucho más a ese smoothie de lo que solemos admitir.
Pasamos años intentando quedarnos únicamente con las partes dulces de la existencia. Queremos evitar el dolor, las pérdidas, las decepciones y todo aquello que resulte incómodo. Sin embargo, allí estaban aquellas frutas recordándome algo diferente. La piña por sí sola habría resultado demasiado dulce. El limón por sí solo habría sido difícil de beber. El melón, aunque suave y refrescante, necesitaba compañía para revelar completamente su sabor.
Ninguna fruta sobraba.
Cada una cumplía una función.
Y quizá ocurre algo parecido con las etapas que atravesamos. Hay temporadas luminosas que nos devuelven la alegría. Hay temporadas tranquilas que parecen no estar haciendo mucho, aunque en realidad nos están sosteniendo. Y hay temporadas difíciles que jamás habríamos elegido vivir, pero que terminan enseñándonos algo que no habríamos aprendido de otra manera.
Con los años he empezado a sospechar que la madurez no consiste en construir una vida donde todo sea dulce. Consiste en aprender a encontrar equilibrio entre sabores distintos. Entender que algunas experiencias llegan para consolarnos, otras para fortalecernos y otras simplemente para recordarnos que seguimos vivos.
Cuando terminé de licuarlo serví un vaso y me senté unos minutos antes de comenzar el día. El smoothie estaba frío, cremoso y sabía exactamente a lo que era. A fruta real. A fruta de verdad. No excesivamente dulce. No artificial. No diseñada para engañar al paladar ni para disfrazar su naturaleza bajo capas de azúcar.
Simplemente fruta.
Mientras lo bebía imaginé que llegabas a visitarme. Te habría servido un vaso y probablemente habríamos terminado hablando de algo que sigo aprendiendo incluso ahora. Durante gran parte de mi vida desarrollé una enorme capacidad para escuchar a otras personas. Aprendí a detectar preocupaciones, silencios, cansancios y emociones ajenas. Muchas veces podía notar el agotamiento de alguien incluso antes de que esa persona encontrara palabras para describirlo.
Lo curioso es que casi nunca hacía lo mismo conmigo. Escuchaba a todo el mundo menos a mi propio cuerpo. Hasta que un día comprendí algo que parece obvio y que, sin embargo, tardé años en entender:
El cuerpo también habla.
Habla cuando tiene sed. Habla cuando necesita descanso. Habla cuando necesita alimento de verdad. Habla cuando lleva demasiado tiempo sobreviviendo a base de costumbre. Habla cuando el cansancio emocional empieza a instalarse en los músculos, en la respiración, en la energía con la que atravesamos los días.
Y aunque todavía estoy aprendiendo a escucharlo, creo que algo cambia cuando dejamos de verlo como una máquina diseñada para resistirlo todo y comenzamos a tratarlo como un compañero que intenta ayudarnos a vivir.
Quizá por eso me gusta tanto esta bebida. No porque sea milagrosa. No porque vaya a transformar una vida. Sino porque me recuerda algo sencillo que durante mucho tiempo olvidé:
Cuidarnos no siempre comienza con grandes decisiones. A veces empieza una mañana cualquiera, en una cocina cálida, preparando fruta de temporada mientras nos hacemos una pregunta que llevamos demasiado tiempo posponiendo:
¿Qué necesita mi cuerpo hoy?
Y, por primera vez en mucho tiempo, tener la paciencia suficiente para escuchar la respuesta.
Con cariño,
Venus de Nilo

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