En qué momento me alejé tanto de mí misma

El camino de regreso a ti · Parte II

Una carta sobre la mujer que un día descubrió que llevaba demasiado tiempo lejos de sí misma 

Esta tarde me preparé un jugo de corozo. Llevaba varios días pensando en él. Aquí en Barranquilla el calor ha estado especialmente intenso; de esos días en los que una siente que el cuerpo entero pide algo frío para descansar un poco.

Lo preparé con más cariño de lo habitual. Le puse bastante hielo y utilicé uno de mis vasos favoritos. Mientras lo hacía pensé algo muy sencillo: 'Hoy sí voy a disfrutarlo'. No parecía una promesa difícil de cumplir. Solo necesitaba unos minutos.

Pero la tarde siguió su curso. Aparecieron algunas llamadas, algunos pendientes, pequeñas tareas que parecían importantes en ese momento. Nada extraordinario. Nada urgente. Solo esas cosas que van ocupando el día mientras una piensa que enseguida regresará a lo que estaba haciendo.

Cuando volví a la cocina, el hielo se había derretido por completo. Tomé el vaso entre las manos y me quedé observándolo. El jugo se había separado en capas. En el fondo permanecía el corozo concentrado, oscuro y lleno de color. Arriba quedaba un líquido mucho más claro, casi transparente.

No sé exactamente por qué aquella imagen me hizo detenerme. Pero algo en mí la reconoció. Y de pronto pensé que llevaba años sintiéndome un poco así. Como si una parte importante de mí hubiera ido quedando en el fondo de las cosas.

Debajo de responsabilidades.

Debajo de preocupaciones.

Debajo de decisiones difíciles.

Debajo de versiones de mí misma que aprendieron a resolver problemas, a sostener situaciones complicadas y a seguir adelante incluso cuando estaban cansadas.

Mientras tanto, otras partes más auténticas parecían haberse ido quedando atrás. No desaparecieron. Simplemente dejaron de ocupar un lugar visible. Mientras observaba aquel vaso pensé en algo que nunca había considerado. Durante mucho tiempo creí que perderse era algo evidente. Imaginaba que una persona sabría exactamente cuándo se había alejado de sí misma. Ahora no estoy tan segura. Creo que muchas veces sucede lentamente. Tan lentamente que apenas se nota. 

Un día dejamos para después algo que deseábamos hacer. Otro día renunciamos a algo que nos hacía ilusión porque hay asuntos más importantes. Más adelante nos acostumbramos a funcionar en automático. Y cuando miramos hacia atrás descubrimos que hace mucho tiempo no nos preguntamos qué queremos, qué disfrutamos o qué nos hace sentir verdaderamente vivas. Lo curioso es que desde afuera todo parece normal.

La vida continúa.

Las responsabilidades se cumplen.

Los días avanzan.

Pero por dentro comienza a aparecer una sensación difícil de explicar. Como si una estuviera presente en su propia vida y, al mismo tiempo, un poco ausente. 

Seguí mirando el vaso. Y pensé que el corozo seguía allí. No había desaparecido. No se había convertido en otra cosa. Simplemente estaba separado. Esperando. Esa idea me acompañó durante varios minutos. Porque quizá ocurre algo parecido con nosotras.

Quizá las partes de nuestra identidad que dejamos en pausa no desaparecen. Quizá nuestros sueños, nuestros intereses, nuestras ganas de aprender algo nuevo o de volver a empezar siguen existiendo en algún lugar. Tal vez esperan pacientemente a que volvamos a buscarlos.

Por un momento pensé en agregar más hielo al vaso. Pero no lo hice. Lo puse en la nevera. Nada más. Y seguí con algunas cosas que necesitaba terminar. Más tarde regresé por él.

Seguía siendo el mismo jugo, aunque no exactamente igual.

Entonces tomé una cuchara y lo revolví lentamente. Observé cómo las capas comenzaban a mezclarse otra vez. Y mientras lo hacía pensé que quizá eso era exactamente lo que estaba intentando hacer conmigo. No convertirme en alguien nueva. No encontrar una versión mejor de mí misma. Simplemente volver a reunir partes de mí que llevaban demasiado tiempo separadas.

La mujer que soñaba.

La mujer que creaba.

La mujer que tenía curiosidad por la vida.

La mujer que todavía cree que nunca es tarde para comenzar algo.

Mientras terminaba aquel vaso junto a la ventana comprendí algo que llevaba tiempo intentando decirme. He pasado años intentando reconstruir muchas cosas. Mi vida. Mis planes. Mis certezas. Pero quizá lo que realmente necesitaba reconstruir era la relación conmigo misma. Porque el tiempo sigue avanzando. La vida sigue ocurriendo. Y por primera vez en mucho tiempo sentí que ya no quería seguir observándola desde lejos. Quería volver a formar parte de ella.

Con cariño, deseo que finalmente encuentres refugio en lo que eres.

Venus de Nilo


Para reflexionar a solas

Esta semana quiero dejarte una sola pregunta. No para que la respondas ahora mismo. Solo para que te acompañe unos días.
¿Cuándo fue la última vez que hice algo que realmente quería hacer?
No algo útil. No algo productivo. No algo para cumplir con otros. Algo que yo deseaba hacer. Algo que me hizo sonreír. Algo que me hizo sentir viva.

Pequeños instantes para recargar el amor propio

Esta noche regálate unos minutos.
Date un baño un poco más largo de lo habitual.
Aplica crema en tu piel con calma.
Peina tu cabello despacio.
Ponte ese perfume que te gusta aunque no vayas a salir.
Haz algo pequeño solo porque sí, solo porque te produce placer. Solo porque te hace bien.
Mientras lo haces, intenta recordar algo sencillo:
"Merezco amor, merezco cosas buenas, merezco este tiempo para mí. No porque haya terminado todas mis tareas, no porque me lo haya ganado, simplemente porque también soy una persona a la que necesito aprender a cuidar"
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