La mujer que no se reconoce en el espejo

¿Qué queda de mí después de todo lo que he vivido?



Hace unos días intenté grabarme leyendo una de mis cartas. Afuera comenzaba a oscurecer y asumí tranquilamente el reto porque me pareció algo sencillo; en el pasado era algo que lograba en un intento, solo tenía que sentarme, respirar hondo y comenzar a leer. Sin embargo, cada vez que presionaba el botón de grabar ocurría lo mismo. Escuchaba mi voz durante unos segundos y terminaba deteniendo el audio. 

Lo intenté varias veces. Después de la tercera o cuarta grabación fallida me quedé mirando la pantalla del teléfono en silencio. La casa estaba tranquila. Desde algún lugar llegaba el sonido lejano de un vallenato animando una reunión de vecinos junto con la voz de alguno de ellos que cantaba con sentimiento y en mi cuarto el ventilador giraba con esa monotonía que a veces acompaña los pensamientos difíciles.

Al principio pensé que era vergüenza, luego pensé que era inseguridad. Pero mientras permanecía allí sentada comprendí que estaba ocurriendo algo distinto. Porque la verdad es que no me costaba escuchar mi voz, lo que me costaba era escucharme a mí. Mientras intentaba grabar recordé algo que no pensaba desde hacía años. Cuando era joven, muchas personas me decían que les gustaba escucharme hablar. Les gustaba mi voz. Mi forma de contar las cosas. Mi presencia.

No sé por qué recordé eso exactamente ese día. Quizá porque los recuerdos aparecen cuando quieren y no cuando los llamamos. Lo cierto es que me encontré pensando en aquella mujer como quien encuentra una fotografía olvidada dentro de un libro. La observas durante unos segundos y reconoces el rostro, pero al mismo tiempo sientes que hay una distancia difícil de explicar.

Porque sabes que eres tú. Y también sabes que ya no lo eres del todo.

Me quedé pensando en eso durante un buen rato.

En los años.

En las pérdidas.

En las cosas que una sobrevive sin darse cuenta de que la están cambiando.

Hay heridas que no aparecen en la piel. Se instalan en otros lugares. En la forma de mirar. En la manera de entrar a una habitación. En el tono con el que respondemos cuando alguien nos pregunta cómo estamos. Quizá por eso me costaba tanto grabarme. Porque sentía que aquella voz estaba contando una historia que yo todavía no terminaba de aceptar. La historia de las veces que me rompí. De las veces que me perdí. De los años en los que seguí adelante sin entender muy bien hacia dónde estaba caminando.

De forma instintiva miré la hora y ya había pasado la media noche; y entonces apareció un pensamiento que no me gustó reconocer. Pensé que quizá otras personas también podrían verlo. No la voz.No la edad. No las canas que comienzan a aparecer, sino el cansancio, las grietas; todo aquello que una intenta ordenar por dentro mientras sigue funcionando por fuera.

Fue una sensación extraña, como si durante años hubiera intentado esconder algo que tal vez nunca estuvo oculto. Y mientras pensaba en eso recordé a las mujeres que han pasado por mi vida: Mis amigas, mis compañeras de camino, mujeres que han amado, han perdido, han criado hijos, han empezado de nuevo, han sobrevivido a cosas de las que pocas veces hablan. Ninguna llegó intacta hasta aquí. Ninguna; y, sin embargo, jamás las he mirado pensando que sus heridas las vuelven menos valiosas, al contrario, muchas veces he admirado precisamente la forma en que siguieron viviendo después de ellas. Por eso me pregunté algo que todavía sigo intentando responder: ¿Por qué nos cuesta tanto ofrecernos la misma mirada que ofrecemos a otras mujeres? ¿Por qué nos resulta tan fácil comprender el cansancio ajeno y tan difícil comprender el propio?

No tengo una respuesta clara. Solo sé que aquel día no conseguí terminar la grabación. Pero sí conseguí quedarme unos minutos más junto a esa incomodidad. Sin huir de ella. Sin corregirla. Sin intentar convencerme de nada. Y quizá eso también cuenta.

Quizá aprender a reconocerse no siempre empieza frente al espejo. A veces comienza en momentos pequeños. Cuando dejamos de apartar la mirada de las partes de nosotras que han cambiado. Cuando dejamos de exigirles que vuelvan a ser quienes fueron.

Esta noche sigo sin saber qué ocurrió con aquella mujer que fui, pero empiezo a sospechar que la pregunta importante no es dónde está ella. La pregunta es si puedo aprender a conocer a la mujer que está aquí ahora.

Porque después de todo lo vivido, quizá también merece una oportunidad de ser mirada con un poco más de ternura.

Con cariño,
Venus de Nilo



Para reflexionar a solas

Hoy quiero dejarte una sola pregunta, no para que la respondas inmediatamente, solo para que te acompañe unos días y medites en ella con amor.
¿Qué parte de mí sigo juzgando por no parecerse a quien fui antes?

Pequeños instantes para recargar el amor propio

  • Busca una fotografía tuya de hace diez o quince años. 
  • Obsérvala durante unos minutos con amor
  • Después mírate en un espejo. No busques diferencias. Busca continuidades.

Pregúntate:

¿Qué cosas de aquella mujer siguen viviendo en mí?

No escribas nada si no quieres. Solo permanece unos minutos con la respuesta.






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