La salsa que me enseñó que crecer también tiene sabor
Una carta sobre cómo aquello que antes rechazábamos termina enseñándonos algo nuevo.
Hay sabores que llegan tarde a nuestra vida.
Cuando era niña me gustaban las cosas sencillas. Prefería los sabores suaves, previsibles, fáciles de reconocer. Si algo tenía demasiadas especias, demasiado picante o un aroma particularmente intenso, lo más probable era que ni siquiera quisiera probarlo. Había algo en mí que buscaba la seguridad de lo conocido y desconfiaba de todo aquello que exigiera abrirse a una experiencia distinta.
Mi padre era exactamente lo contrario.
Le gustaban los sabores fuertes. Los ajíes, las especias, las preparaciones con carácter. Disfrutaba esas comidas que dejan una impresión en el paladar y que obligan a prestar atención a lo que se está comiendo. Durante años insistió en que probara cosas nuevas. No recuerdo una sola ocasión en que lo hiciera con imposición o impaciencia. Más bien parecía divertirse observando mi resistencia mientras repetía con absoluta tranquilidad:
—Pruébalo. Te va a gustar.
Yo siempre encontraba alguna excusa.
Decía que no.
Arrugaba la nariz.
Aseguraba que no me gustaba incluso antes de haberlo probado.
Y él volvía a insistir.
Nunca entendí cómo podía estar tan seguro.
Nunca entendí cómo sabía que algún día terminaría disfrutando precisamente aquello que en ese momento rechazaba.
Pero los años terminaron dándole la razón.
Hace unos días estaba en la cocina preparando un chimichurri casero. Había varias hierbas frescas sobre la mesa, un poco de ajo, pimienta recién triturada y dos ajíes que prometían darle carácter a la mezcla. Mientras picaba cada ingrediente me descubrí sonriendo al pensar que aquella niña desconfiada jamás habría imaginado que algún día disfrutaría preparando algo así.
Lo curioso es que la receta no había cambiado.
La que había cambiado era yo.
Mientras mezclaba el cilantro, el perejil, el cebollín y el ajo pensé que crecer tiene mucho que ver con eso. No siempre consiste en convertirnos en alguien diferente. A veces consiste en descubrir partes de nosotras que todavía estaban dormidas. Partes que otras personas alcanzaban a ver mucho antes que nosotras.
Mi padre veía algo en mí que yo aún no podía reconocer.
Lo veo ahora con más claridad que cuando estaba aquí.
No sólo insistía en que probara nuevos sabores. También me impulsaba constantemente a explorar mis talentos, a confiar en mi criterio, a experimentar sin miedo al error y a abrazar aquello que me hacía diferente. Había en él una confianza tranquila que muchas veces me prestó cuando yo todavía no tenía la mía.
Y quizá por eso su ausencia dejó un espacio tan difícil de nombrar.
Porque cuando perdemos a alguien que nos conocía profundamente, a veces sentimos que también perdemos una parte de nosotras mismas.
Durante mucho tiempo tuve la sensación de haberme extraviado un poco junto con él.
Como si una voz que me recordaba quién era hubiera desaparecido de repente.
Sin embargo, mientras preparaba aquella salsa comprendí algo que me dio consuelo.
Tal vez encontrarme nuevamente no significa regresar a quien fui antes de su partida.
Tal vez significa recordar todo aquello que sembró en mí.
Su valentía.
Su curiosidad.
Su capacidad de disfrutar la vida.
Su confianza en mis posibilidades.
Esa parte de él sigue aquí.
Vive en mis decisiones.
En mi manera de observar el mundo.
En las cosas que me atrevo a crear.
Y también vive en detalles tan simples como descubrir que ahora disfruto los sabores intensos que él siempre supo que terminarían gustándome.
Cuando el chimichurri estuvo listo lo probé con un trozo de pan. El ajo era fuerte. El ají se hacía notar. Las hierbas aportaban frescura y la pimienta aparecía al final con discreción. Ningún ingrediente intentaba imponerse sobre los demás. Cada uno aportaba algo distinto y, juntos, creaban un equilibrio que ninguno habría logrado por separado.
Entonces pensé que la vida también se parece un poco a eso.
Hay experiencias dulces y experiencias difíciles. Hay momentos de calma y momentos que nos transforman. Hay pérdidas que jamás habríamos elegido vivir y, aun así, terminan dejando dentro de nosotras enseñanzas que nos acompañan durante años.
Quizá por eso la cocina me sigue pareciendo un lugar tan sabio.
Porque rara vez habla sólo de comida.
A veces habla de memoria.
De identidad.
De las personas que amamos.
Y de cómo algunas de ellas siguen acompañándonos mucho después de haberse ido.
Con cariño,
Venus de Nilo
Ingredientes
- 1 taza de aceite de oliva
- 4 dientes de ajo finamente picados
- ½ taza de perejil fresco picado
- ¼ taza de cilantro fresco picado
- ¼ taza de cebollín picado
- 1 ají rojo finamente picado
- 1 ají verde finamente picado
- 1 cucharadita de pimienta en grano triturada
- Sal al gusto
Preparación
Coloca el aceite de oliva en un recipiente de vidrio limpio.
Añade el ajo, las hierbas frescas, los ajíes, la pimienta y la sal.
Mezcla suavemente hasta integrar todos los ingredientes.
Cubre el recipiente y deja reposar durante uno o dos días para que los sabores se encuentren y se transformen.
A partir del tercer día estará listo para acompañar carnes, vegetales asados, pan artesanal o cualquier comida que necesite un poco más de alegría.
Con cariño,
Venus de Nilo
Banda sonora

Comentarios
Publicar un comentario