La tarde en que no pude dejar de mirar lo que había perdido

Una carta sobre las pérdidas que terminan ocupando todo el paisaje


Mi querida amiga,

Hace algunos años atravesé una etapa de mi vida que me resulta difícil describir con precisión, porque no comenzó con una tragedia evidente ni con un acontecimiento que pudiera señalar claramente en el calendario. Nadie vino a decirme que algo importante estaba a punto de romperse. No hubo una escena definitiva ni un momento dramático que dividiera mi historia en un antes y un después. Lo que ocurrió fue mucho más silencioso. Simplemente empecé a notar que mis pensamientos regresaban una y otra vez al mismo lugar, como si una parte de mí se hubiera quedado detenida frente a una puerta cerrada y se negara a continuar el camino.

La pérdida tenía distintos nombres según el día. A veces era una persona. Otras veces era un sueño que no había ocurrido como imaginaba. En ocasiones era una versión de mí misma que ya no existía después de ciertas experiencias que me habían cambiado profundamente. Pero aunque el rostro de la ausencia variaba, el mecanismo siempre era el mismo: mi atención terminaba girando alrededor de aquello que ya no estaba. Y mientras más tiempo permanecía observándolo, más grande parecía volverse. Era como si la ausencia creciera alimentándose de mi mirada.

Recuerdo que durante esa época muchas personas intentaron ayudarme. Me hablaban de las cosas buenas que todavía permanecían en mi vida, de las oportunidades que seguían existiendo, de los motivos que tenía para agradecer y de los nuevos caminos que podían abrirse delante de mí. Hoy puedo reconocer el amor que había en esas palabras, pero entonces me resultaban imposibles de recibir. No porque fueran falsas, sino porque venían de un lugar al que yo todavía no podía acceder. Cuando una está profundamente herida, escuchar que aún quedan cosas hermosas puede sentirse extraño, incluso injusto. El dolor ocupa tanto espacio que no deja lugar para nada más. No porque la belleza haya desaparecido, sino porque la tristeza ha reducido el horizonte.

Con el paso del tiempo entendí algo que nadie me había explicado. La tristeza tiene una forma muy particular de mirar el mundo. Nos convence de que aquello que perdimos era la única fuente posible de alegría, como si toda la vida estuviera concentrada en una sola persona, una sola oportunidad o una sola versión de nuestra historia. Nos hace creer que después de esa pérdida no puede existir nada más, que todo lo importante quedó atrás y que el resto será apenas una repetición apagada de lo que alguna vez tuvimos. Y quizá por eso resulta tan difícil soltar. Porque no estamos llorando únicamente lo que se fue. También estamos llorando el futuro que habíamos imaginado junto a ello. Estamos despidiendo conversaciones que nunca ocurrieron, proyectos que nunca se realizaron y escenas que sólo existían en nuestra mente, pero que habían llegado a sentirse tan reales como cualquier recuerdo.

Durante mucho tiempo pensé que superar una pérdida significaba olvidar. Creía que sanar consistía en llegar a un punto donde aquello dejara de doler o de importar. Hoy ya no lo veo así. Creo que sanar tiene una forma mucho más humilde y más humana. Creo que consiste en aprender a mirar en más de una dirección. Consiste en seguir honrando aquello que amamos sin permitir que ocupe todo el paisaje. Consiste en reconocer la importancia de una ausencia sin entregarle por completo nuestra capacidad de ver lo que todavía permanece.

Recuerdo especialmente una tarde en la que algo pequeño ocurrió. No fue un acontecimiento extraordinario. No cambió mi vida. Ni siquiera logro recordar exactamente qué fue. Tal vez una canción que sonó en el momento adecuado. Tal vez una conversación sencilla. Quizá una taza de café compartida con alguien querido. Lo único que recuerdo con claridad es que sonreí. Y casi inmediatamente después sentí culpa. Una culpa extraña y silenciosa, como si aquella sonrisa representara una traición hacia lo que había perdido. Como si para demostrar cuánto había amado algo tuviera que permanecer triste para siempre.

Me tomó bastante tiempo comprender que no funciona de esa manera. La alegría no borra el amor. La alegría no elimina el duelo. La alegría no reescribe la historia. Lo único que hace es recordarnos que seguimos vivas. Nos recuerda que nuestro corazón todavía conserva la capacidad de emocionarse, de conectar, de sorprenderse y de abrir espacio para algo nuevo sin que eso disminuya el valor de lo que vino antes.

Por eso hoy sigo creyendo que algunas pérdidas merecen lágrimas. Muchas lágrimas. Las que hagan falta. Hay ausencias que forman parte de nosotras para siempre y no creo que exista nada malo en eso. Sin embargo, también creo que llega un momento en que debemos atrevernos a levantar la vista. No porque el dolor haya desaparecido ni porque aquello que perdimos deje de importar, sino porque la vida continúa llamándonos desde otros lugares. Mientras observamos una puerta cerrada, a veces una ventana se abre silenciosamente en otra habitación. Mientras permanecemos mirando lo que terminó, algo nuevo comienza a tomar forma sin que lo notemos.

Y sería una pena llegar tarde a todo lo bueno que aún desea encontrarnos.

Con cariño,
Venus de Nilo


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