¿Qué estamos buscando realmente cuando necesitamos que alguien nos diga que estamos bien?

 

El camino de regreso a ti

Una carta sobre el cansancio de vivir pendiente de la mirada de los demás

Hace unos días estaba terminando de preparar la cena cuando, casi sin pensarlo, envié un mensaje que, si soy completamente honesta, no necesitaba enviar. La decisión ya estaba tomada, no tenía dudas. Sabía lo que quería hacer; y sin embargo, tomé el teléfono y escribí.

Mientras esperaba la respuesta seguía moviéndome por la cocina, terminando los detalles de la cena esperando que el arroz terminara de cocinarse; afuera comenzaba a oscurecer y una brisa suave y fresca que cambió la temperatura del ambiente por un segundo entró por la ventana junto con las alegres voces de los niños que jugaban en la calle. 

Fue entonces cuando me di cuenta de algo: No estaba esperando consejo, la decisión no dependía de aquella respuesta, lo que realmente estaba esperando era tranquilidad. Quería escuchar que estaba bien, que no me había equivocado y que podía avanzar sin miedo.

La respuesta llegó unos minutos después, era amable y, por un instante, sentí alivio; pero más tarde, mientras recogía la cocina, seguía dándole vueltas a una pregunta que me resultó incómoda:

¿Por qué una parte de mí seguía necesitando que alguien confirmara algo que, en el fondo, yo ya sabía?

Creo que muchas mujeres conocemos esa sensación, aunque no siempre sepamos nombrarla; aparece cuando revisamos el teléfono esperando una respuesta que tarda demasiado, cuando contamos una idea y prestamos más atención a la reacción de otros que a lo que sentimos nosotras mismas, o cuando una decisión parece más segura simplemente porque alguien la aprueba.

No creo que haya nada malo en querer sentirnos vistas; hay algo profundamente humano en necesitar compañía, afecto y pertenencia. Considero que el problema aparece cuando dejamos de compartir nuestra vida con los demás y comenzamos a entregarles la responsabilidad de tranquilizarnos. La diferencia es pequeña, casi invisible.

Durante mucho tiempo pensé que lo que buscaba era amor. Hoy sospecho que muchas veces estaba buscando algo diferente, mucho más parecido a sentirme a salvo; porque cuando alguien nos aprueba no solo sentimos que hicimos algo bien, también sentimos que seguimos siendo aceptadas, que seguimos teniendo un lugar, que no hemos hecho nada que pueda alejarnos del cariño de quienes amamos. 

Quizá por eso esta búsqueda resulta tan agotadora. La aprobación calma durante un momento, pero nunca por mucho tiempo; siempre aparece una nueva decisión, una nueva duda, un nuevo silencio, y entonces volvemos a buscar otra señal que nos tranquilice.

Mientras más años cumplo, más convencida estoy de que muchas conductas adultas nacen de preguntas muy antiguas, algunas aprendimos a ser responsables, otras a ser agradables, otras a no incomodar; Y sin darnos cuenta comenzamos a creer que el amor dependía de hacer ciertas cosas correctamente. Tal vez por eso todavía existen días en los que sentimos que debemos ganarnos algo que nunca debió convertirse en premio: el derecho a ser queridas tal como somos.

Hace poco volví a encontrar por casualidad una pregunta del apostol Pablo que parecía guiarme sutilmente a escribir esta carta: "¿Busco agradar a los hombres o a Dios?" (Gálatas 1:10). Durante mucho tiempo pensé que hablaba de comportamiento. Ahora creo que también habla de descanso. Como si alguien preguntara con suavidad:

¿Y si dejaras de organizar tu vida alrededor de la aprobación de los demás? ¿Y si dejaras de medir tu valor según las reacciones ajenas? ¿Y si comenzaras a creer que tu dignidad permanece intacta incluso cuando alguien no entiende tus decisiones?

Aún no tengo una respuesta definitiva. Todavía hay días en los que una opinión pesa demasiado, sobre todo la opinión de las personas que amo. Todavía hay momentos en los que busco afuera una tranquilidad que debería cultivar dentro de mí. Pero cada vez sospecho con más fuerza que la paz no llega cuando todo el mundo está de acuerdo con nosotras, quizá llega cuando dejamos de convertir ese acuerdo en una condición para sentirnos valiosas. 

Y tal vez el camino de regreso a una misma comienza precisamente ahí: cuando dejamos de preguntar constantemente "¿Está bien?" y empezamos a escuchar, con paciencia y honestidad, aquello que nuestra propia alma lleva tiempo intentando decirnos.

Con cariño, deseo que finalmente encuentres refugio en lo que eres.

Venus de Nilo

Para reflexionar a solas

  • ¿Qué tipo de tranquilidad suelo buscar en la opinión de otras personas?

  • ¿Hay alguna decisión reciente que ya sabía que era correcta, pero aun así necesité que alguien confirmara?

  • ¿Qué temo perder cuando alguien desaprueba una elección importante en mi vida?

  • ¿En qué momentos he confundido amor con aprobación?

  • ¿Cómo sería escuchar más profundamente mi propia voz?

Pequeños instantes para recargar el amor propio

Prepara una taza de café o té y siéntate cerca de una ventana.
Piensa en una decisión que hayas tomado durante las últimas semanas.
Escríbela en una hoja.
Después escribe dos columnas.
En la primera anota lo que realmente sentías.
En la segunda, lo que necesitabas que otros te dijeran.
Observa ambas listas sin juzgarte.
A veces la distancia entre ellas revela algo importante.

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