Todavía estoy aprendiendo a elegir por mí
Una carta sobre la extraña libertad de dejar de obedecer.
Esta tarde doblaba unas toallas mientras la radio sonaba muy bajito en la cocina. Afuera el viento movía las hojas del árbol y, por un instante, todo pareció quedarse suspendido: el agua calentándose para el café, el reloj avanzando sin hacer ruido, la casa respirando como si también necesitara descansar. Me quedé mirando una ventana abierta y pensé en la cantidad de decisiones que caben dentro de una vida sin que casi nadie las vea.
Hay elecciones que cambian un destino y otras, mucho más silenciosas, que cambian la forma en que una persona habita su propia existencia.
Hace unos días volví a leer una frase de Lou Andreas-Salomé que me acompaña desde hace años. Dice que no puede ajustarse a un modelo ni convertirse en modelo para nadie, pero que puede formar su propia vida a su manera, cualquiera que sea el resultado.
Cuando la leí por primera vez me pareció una declaración de independencia. Hoy la siento más bien como una confesión de valentía. Porque vivir según uno mismo no siempre exige fuerza para enfrentarse al mundo; muchas veces exige fuerza para dejar de obedecer las voces que el mundo dejó viviendo dentro de nosotros.
Durante mucho tiempo creí que madurar consistía en aprender a hacer lo correcto. Escuchar a quienes sabían más, seguir el camino prudente, no decepcionar demasiado, ser agradecida, ser responsable, ser una buena mujer en todas las versiones que los demás esperaban de mí. Pensaba que, si cumplía bien mi parte, la vida terminaría encontrando un orden.
Pero la vida no recompensa la obediencia con felicidad.
Con los años descubrí algo que me costó aceptar: muchas de las decisiones que más me alejaron de quien era nacieron del deseo de ser querida. No fueron errores escandalosos ni actos impulsivos. Fueron pequeñas renuncias repetidas durante años. Elegir lo que tranquilizaba a otros antes que lo que me daba paz a mí. Decir que sí para no parecer egoísta. Permanecer donde ya no florecía por miedo a decepcionar.
Lo más difícil es que esas renuncias suelen disfrazarse de amor.
Pocas personas nos enseñan que adaptarnos es una habilidad necesaria para sobrevivir, pero peligrosa cuando termina convirtiéndose en identidad. Hay niñas que aprenden muy temprano que recibir cariño depende de comportarse bien, de no causar problemas, de entender a todos antes de entenderse a sí mismas. Crecen creyendo que elegir por ellas mismas es una forma de ingratitud, cuando en realidad es una forma de existencia.
Quizá por eso tantos adultos siguen pidiendo permiso sin darse cuenta.
No permiso para salir o para regresar tarde a casa, sino permiso para cambiar de trabajo, para terminar un vínculo, para descansar, para decir que no, para empezar de nuevo o simplemente para vivir una vida distinta de la que imaginaron para ellos.
Yo todavía estoy aprendiendo a reconocer esas voces.
Todavía hay días en los que confundo la culpa con la responsabilidad. Todavía me sorprendo buscando aprobación antes de escuchar lo que ya sabía en silencio. Todavía me pregunto si algunas decisiones nacen del amor o del miedo a ser rechazada.
Y sin embargo, algo ha cambiado.
Ahora sé que la paz rara vez aparece cuando todos están de acuerdo con nosotros. La paz aparece cuando dejamos de traicionarnos para conservar la tranquilidad ajena. No porque el conflicto desaparezca, sino porque dejamos de pelearnos con nuestra propia conciencia.
Crecer, he descubierto, no consiste en dejar de tener dudas. Consiste en dejar de entregarles a otros el derecho de responderlas por nosotros.
Si algún día lees estas palabras cuando yo ya no pueda sentarme contigo mientras el café se enfría entre las manos, quiero que recuerdes algo muy sencillo: las personas pasan buena parte de su vida intentando ser aceptadas y otra parte intentando descubrir quiénes eran antes de empezar a intentarlo.
Ojalá no tengas que esperar tantos años para hacerte esa pregunta.
Y si alguna vez sientes que todos parecen tener un mapa mientras tú avanzas sin saber muy bien hacia dónde vas, no te avergüences. La mayoría caminamos así. Solo que algunos aprendieron a disfrazar la incertidumbre de seguridad.
Tal vez vivir no consista en encontrar el camino correcto.
Tal vez consista en tener el valor suficiente para dejar de caminar por caminos que nunca elegimos.
Con amor infinito,
deseo que encuentres refugio en lo que eres mientras descubres todo lo que aún puedes llegar a ser.

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