Yo sigo intentando...

Una carta sobre el miedo silencioso de no estar haciendo algo bien.


Hace unos meses un vendedor ambulante pasó frente a mí empujando una carretilla llena de plantas. Entre todas había una hortensia de un azul tan intenso que parecía haber guardado un pedazo de cielo entre sus flores. Seguí caminando unos pasos, pero algo me hizo regresar.

Tiempo atrás mi mamá me había confesado, casi como quien recuerda un sueño antiguo, que siempre había querido tener una hortensia. Cuando vi aquella planta sentí que estaba allí esperándome, como si la vida quisiera recordarme que a veces la felicidad de alguien cabe en un detalle muy pequeño.

La llevé a casa y la puse en un lugar donde ella pudiera verla cada mañana desde su cama.

Nunca he sido señora de las plantas. Siempre pensé que bastaba con un poco de agua, algo de sol y buena intención para mantenerlas vivas. Pero esta hortensia parece tener un lenguaje propio. Hay días en los que sus flores amanecen abiertas y luminosas, y otros en los que el calor del mediodía las deja cabizbajas, como si la tristeza también pudiera habitar las hojas.

Todavía me pregunto si esta tierra es demasiado cálida para ella. No entiendo cómo el jardinero que la cultivó conseguía mantener ese azul tan profundo y esa apariencia serena. Yo solo intento aprender sobre la marcha.

Últimamente, cuando el sol cae con más fuerza, le pongo pequeños pedazos de hielo sobre la tierra. No sé si realmente sirve. No he encontrado una respuesta que me dé tranquilidad. Solo sé que me cuesta verla marchitarse y que ese gesto, aunque torpe, es mi manera de decirle que sigo intentando cuidarla.

La planta continúa conmigo.

Y mientras la observo, no puedo evitar pensar en cuántas veces vivimos así también con las personas que amamos y con nosotras mismas. Haciendo lo mejor que sabemos, dudando a cada paso, preguntándonos en silencio si estaremos haciendo un buen trabajo.

Tal vez cuidar siempre tenga algo de eso.

De permanecer.

De aprender mientras amamos.

De aceptar que aunque nos guía el amor, no siempre sabremos exactamente qué necesita aquello que intentamos proteger, pero aun así acercarnos con las manos abiertas, llevando el poco alivio que sabemos ofrecer.

Y de recordar que algunas formas de amor no hacen ruido. Una llamada, un mensaje, un cubo de hielo sobre la tierra. 

Por si nadie te lo ha dicho, gracias por estar. Y sobre todo, gracias por hacer lo mejor que podías con lo que sabías en ese momento.

Con cariño,
Venus de nilo


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