La mujer que ya no necesita levantar la voz para sentirse fuerte
Una carta sobre aprender a confiar en una misma sin tener que convertirse en una mujer invulnerable
Son casi las diez de la noche y la casa finalmente ha encontrado ese silencio que llega cuando el día deja de pedirnos cosas. Hace un rato me disponía a cumplir con mi rutina antes de dormir, intentando recuperar algo del cansancio acumulado de estos días. Hoy tuve la oportunidad de dormir un poco más, pero mientras estaba acostada pensé que hay cansancios que no se resuelven únicamente durmiendo. Hay un cansancio que aparece cuando una lleva demasiado tiempo intentando estar bien, responder bien, defenderse bien y no necesitar demasiado de nadie. Y fue precisamente ahí donde apareciste en mis pensamientos.
Recordé nuestra última conversación y aquella pregunta que me hiciste sobre tu manera de expresarte, sobre esa forma un poco áspera que a veces aparece incluso cuando detrás de tus palabras hay algo mucho más sensible. Yo conozco una versión tuya que quizá no todos alcanzan a ver, y siempre he pensado que si las personas pudieran mirar durante unos minutos el corazón que yo conozco, les resultaría mucho más fácil comprenderte. Pero también he aprendido que no todas las personas saben cuidar lo delicado. Algunas reconocen lo bueno y otras terminan aprovechándose de ello hasta dejarlo cansado. Tal vez por eso llevas tanto tiempo aprendiendo a protegerte.
No quiero quitarle valor a esa mujer que aprendió a hacerlo. Probablemente hubo momentos en los que necesitabas ser fuerte, desconfiar, responder rápido y aprender a sostenerte sola. Quizá mostrar demasiado de ti no siempre se sintió seguro, y encontraste una manera de hablar y de comportarte que te ayudara a mantener a los demás a cierta distancia. Esa mujer hizo lo que pudo con lo que tenía. Hizo lo necesario para atravesar lo que te tocó vivir y llegar hasta aquí. Y por eso no creo que tengas que avergonzarte de ella. Pero hay algo que la vida también me ha ido enseñando: una manera de sobrevivir puede ser necesaria durante un tiempo y, aun así, llegar el día en que ya no necesitamos vivir de esa misma manera.
A veces una permanece tanto tiempo preparada para defenderse que termina olvidando cómo se siente estar tranquila. Y quizá ahí existe una diferencia entre ser fuerte y sentirse segura. Ser fuerte puede enseñarnos a resistir, a levantarnos después de una caída y a no esperar que alguien venga a salvarnos. Sentirse segura parece algo más tranquilo: poder decir la verdad sin tener que endurecerla, aceptar que necesitamos compañía sin sentir que por eso dejamos de ser independientes, poner un límite sin convertirlo en una pelea y aceptar que alguien no nos comprenda sin pensar inmediatamente que estamos equivocadas.
Tal vez tu siguiente etapa, y quizá también la de muchas de nosotras, no consista en aprender a ser todavía más fuertes, sino en aprender a confiar un poco más en la mujer que ya somos. Confiar en que podemos estar solas sin alejarnos de todo el mundo; en que podemos amar sin desaparecer dentro de otra persona; en que podemos pedir ayuda sin sentir que perdemos nuestra libertad; en que podemos equivocarnos sin pensar que el error demuestra que no somos suficientes. También confiar en que podemos cambiar de opinión, pedir perdón, aprender algo nuevo y reconocer que no sabemos qué hacer sin sentir vergüenza por ello.
Creo que por eso la frase «cree más en ti» puede significar mucho más de lo que parece. No significa pensar que siempre tienes razón ni convertirte en una mujer que nunca duda. Significa confiar en que, si algún día te equivocas, podrás reconocerlo y volver a intentarlo. Que una decepción puede doler sin destruirte. Que necesitar a alguien no te hace débil y que recibir amor no significa entregar tus límites. No podemos controlar todo lo que sucede a nuestro alrededor, pero quizá sí podemos aprender, poco a poco, a seguir de nuestro lado cuando la vida cambia de dirección.
Durante mucho tiempo confundimos libertad con distancia. Pensamos que ser libres significa no necesitar a nadie, mantener el corazón protegido y asegurarnos de que nadie tenga suficiente poder para herirnos. Yo cada vez creo menos en esa idea. La vida también está hecha de vínculos, de manos que ayudan, de personas que escuchan y de abrazos que llegan cuando una no encuentra por sí misma la manera de sostenerse. La libertad que ahora me parece más verdadera es poder acercarnos sin perdernos; querer profundamente y seguir sabiendo quiénes somos; dejar que alguien nos conozca sin dejar en sus manos la decisión de cuánto valemos.
Y eso requiere una confianza diferente. No la confianza de quien piensa que nada malo volverá a suceder, sino la de quien sabe que la vida puede herirla y aun así decide no vivir escondida de ella. Una mujer segura también puede tener miedo. Puede sentirse vulnerable y aun así hablar. Puede decidir marcharse sin convertir al otro en enemigo. Puede decir «esto me dolió» sin tener que levantar la voz para demostrar cuánto. Hay una forma de fuerza mucho más serena en poder decir, simplemente: «me tengo a mí».
Yo también estoy aprendiendo esto. Hay días en los que todavía confundo protegerme con alejarme, independencia con no pedir ayuda y fortaleza con aguantar un poco más de lo que debería. Por eso no te escribo desde un lugar al que ya llegué, sino desde uno que todavía estoy intentando comprender. Quizá ninguna de nosotras deja completamente atrás a la mujer que tuvo que ser para sobrevivir. Tal vez podamos agradecerle lo que hizo por nosotras y, al mismo tiempo, decirle que ya no tiene que estar siempre alerta.
Si alguna vez vuelves a preguntarte si estás haciendo las cosas bien, quizá no necesites encontrar una respuesta inmediata. Tal vez baste con mirar tu vida tal como está, con sus heridas, sus deseos, sus contradicciones, sus pérdidas y todo aquello que has conseguido conservar. Mirar a esa mujer que ha atravesado tantas cosas y que, a pesar de ellas, todavía puede querer, reír, aprender, equivocarse y volver a empezar. No necesitas convertirte en alguien que nunca se rompe. Quizá solo necesitas confiar un poco más en que, cuando algo duela, podrás atravesarlo sin abandonarte a ti misma.
No necesitas ser invulnerable para ser libre. Quizá necesitas algo mucho más humano: saber que puedes acercarte, sentir, aprender y seguir perteneciéndote.
Y tal vez eso sea crecer también: descubrir que podemos cuidar nuestro corazón sin encerrarlo, poner límites sin levantar muros y seguir siendo sensibles sin tener que pedir perdón por ello.
Quizá después de aprender a confiar un poco más en nosotras mismas aparezca otra pregunta, mucho más silenciosa: ¿qué hacemos con la necesidad de que los demás nos comprendan cuando, a pesar de nuestros esfuerzos, no siempre consiguen hacerlo?
Tal vez de eso podamos hablar la próxima vez.
Que encuentres refugio en lo que eres.
Venus de Nilo

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