Lo que queda cuando el corazón aprende a sanar


Una carta sobre las heridas que ya no necesitan esconderse

Hace poco hablé con una persona a la que no veía desde hacía años. La conversación fue sencilla: algunas cosas de la vida, recuerdos compartidos, preguntas sobre lo que había ocurrido durante todo ese tiempo.

Pero cuando terminó, me quedé pensando en aquella mujer que fui cuando nos conocimos.

Es extraño encontrarnos con alguien que pertenece a una versión anterior de nuestra vida. Por unos momentos parece que los años no han pasado, pero al mismo tiempo podemos ver con una claridad casi incómoda todo lo que ha cambiado.

Pensé en las heridas que aquella mujer todavía no conocía. En las cosas que tendría que aprender. En las personas que llegarían y se irían. En todo aquello que alguna vez creyó que duraría para siempre.

Durante mucho tiempo pensé que querer a alguien significaba aprender a soportar sus espinas para no tener que soltar las flores.

Hoy ya no estoy tan segura.

Tal vez amar también consiste en reconocer cuándo nuestras manos están demasiado heridas y comprender que soltar no siempre significa dejar de amar.

Porque algo me ha sorprendido después de tantos años: a pesar de todo lo que he vivido, mi corazón todavía quiere querer.

No de la misma manera.

Ya no con la ingenuidad de antes ni con esa necesidad de aferrarme a todo aquello que alguna vez amé por miedo a perderlo.

Pero todavía puedo emocionarme, cuidar, confiar lentamente, disfrutar una canción, conmoverme con una tarde de lluvia y encontrar belleza en cosas pequeñas.

Durante mucho tiempo pensé que un corazón fuerte era aquel que aprendía a no necesitar a nadie.

Ahora creo que existe otra forma de fortaleza.

La de conservar la capacidad de amar sin dejar de reconocer nuestras propias heridas.

Quizá un corazón sano no sea un corazón que nunca ha sido lastimado.

Quizá sea uno que, después de haber sido herido, decide no permitir que el dolor tenga la última palabra.

Podemos haber amado profundamente, haber sido decepcionadas, haber perdido, haber tenido miedo y aun así conservar algo limpio dentro de nosotras.

No porque las heridas no hayan ocurrido.

Sino porque no consiguieron decidir completamente quién seríamos después de ellas.

Hace poco pensé en esas piezas de cerámica reparadas con oro. La grieta no desaparece. Si la miramos de cerca, todavía podemos reconocer dónde ocurrió la ruptura.

Pero la historia continuó.

La pieza no volvió a ser la misma.

Y quizá tampoco necesitaba serlo.

Creo que a nosotras nos ocurre algo parecido.

Hay partes de nuestra historia que no necesitan convertirse en algo hermoso para tener un lugar dentro de nosotras. Algunas simplemente necesitan dejar de gobernarnos.

Podemos recordar sin regresar.

Podemos querer sin quedarnos.

Podemos perdonar sin reconstruir el mismo vínculo.

Podemos agradecer lo vivido sin desear volver a vivirlo.

Y podemos guardar a una persona en un lugar especial de nuestro corazón sin seguir sosteniendo con las manos desnudas aquello que alguna vez nos lastimó.

Durante mucho tiempo confundí permanecer con amar.

Pensaba que si todavía quería a alguien, debía encontrar una manera de quedarme, esperar un poco más, intentar otra vez.

Pero hay una parte de la vida que no podemos caminar por otra persona.

Podemos acompañar.

Podemos escuchar.

Podemos ofrecer refugio.

Podemos amar profundamente.

Pero no podemos sanar en lugar del otro.

Aceptar eso también me ha dolido.

Todavía existen días en los que me pregunto si habría podido hacer algo diferente. Si alguna palabra habría cambiado el rumbo. Si alguna decisión tomada a tiempo habría evitado ciertas heridas.

Supongo que una parte de nosotras siempre quiere regresar a esos lugares y revisar las posibilidades que quedaron abiertas.

Pero vivir mirando constantemente hacia atrás también puede convertirse en otra manera de permanecer atrapada.

Quizá sanar tenga menos que ver con encontrar una explicación perfecta y más con llegar a un punto en el que ya no necesitamos una explicación para poder descansar.

Eso todavía estoy aprendiendo.

No sé exactamente qué hará el tiempo con las personas que hemos amado. Algunas historias permanecerán como cicatrices. Otras terminarán pareciéndose a fotografías que podemos mirar sin que vuelvan a doler.

Lo que sí sé es que no quiero que mis heridas me conviertan en una mujer incapaz de volver a sentir.

Prefiero aprender a sostener mi corazón con más cuidado, no con menos amor.

Tal vez eso sea sanar:

No convertirse en una mujer que ya no siente, sino en una que puede sentir profundamente sin perderse dentro de aquello que siente.

Una mujer que puede mirar una rosa y apreciar su belleza sin olvidar que tiene espinas.

Que puede acercarse al agua sin olvidar dónde está la orilla.

Que puede querer a alguien y, al mismo tiempo, comprender que también debe quedarse de su propio lado.

Quizá algún día, cuando miremos hacia atrás, no recordemos únicamente aquello que nos rompió.

Tal vez también podamos reconocer a la mujer que apareció después de la ruptura.

Más lenta.

Más consciente.

Menos dispuesta a abandonarse para conservar a otros.

Pero todavía capaz de mirar el mundo con ternura.

Esa mujer me interesa mucho más que la que fui antes de las heridas.

Porque todavía está aprendiendo.

Todavía se equivoca.

Todavía ama.

Y porque, a pesar de todo, su corazón sigue siendo suyo.

Antes de despedirme, me gustaría sugerir tomarte el tiempo para reflexionar en estas preguntas, no quiero que me respondas, sólo medita en ellas y guarda la respuesta en tu corazón como una semilla de mostaza que germinará y se fortalecerá dandote descanso reparador

  • ¿Qué parte de una historia pasada puedes recordar hoy sin sentir que necesitas volver a ella para comprenderla?
  • ¿Hay alguna persona a la que todavía intentas salvar dentro de tu memoria, aunque ya hayas comprendido que su camino no te corresponde?
  • ¿Qué ha cambiado en tu manera de amar después de todo aquello que alguna vez te dolió?
  • ¿Qué parte de tu corazón ha permanecido intacta a pesar de las cosas que viviste?

Que encuentres refugio en lo que eres.

Venus de Nilo



Momento de autoconocimiento

Esta noche, si tienes un momento de tranquilidad, busca un lugar donde puedas estar sola unos minutos. No necesitas preparar nada especial. Puede ser mientras cae la tarde, mientras escuchas música o después de una ducha larga.

Piensa en una herida de tu historia que ya no tenga la misma fuerza de antes. No intentes encontrarle una enseñanza ni obligarte a sentir gratitud por ella. Solo obsérvala como quien mira una cicatriz después de muchos años y reconoce que estuvo allí, que formó parte de su historia y que, sin embargo, no ocupa toda la piel.

Después escribe una sola frase: “Después de todo esto, todavía soy capaz de…”

Deja que la respuesta aparezca sin corregirla. Quizá sea algo sencillo. Quizá sea amar, reír, cuidar, confiar, crear, escuchar, cocinar, escribir, abrazar, volver a empezar. A veces descubrimos que lo que sobrevivió en nosotras merece tanta atención como aquello que perdimos.


Comentarios