El fuego ardiente: ¿qué cosas de nosotras necesitan arder para que otras puedan volver a tener espacio?
Una carta sobre aquello que creíamos apagado y todavía estaba esperando una chispa.
Hoy parecía que iba a ser un día cualquiera.
Me levanté temprano, acompañé a mi hija a su clase de vacaciones y pasé allí buena parte de la mañana. Quizá soy una madre sobreprotectora; es bastante probable. Pero hay momentos en los que pienso que, mientras podamos, debemos acompañarlos un poco más de cerca y enseñarles las herramientas que necesitarán para vivir en este mundo que, en buena medida, nosotros mismos les estamos dejando.
A veces pienso en eso y me resulta inevitable hacer retrospectiva. Nuestro presente está hecho de decisiones que alguna vez tomamos y nuestro futuro comenzará a construirse con las que estamos tomando ahora. Cuando miramos hacia atrás, casi siempre encontramos alguna manera en la que podríamos haberlo hecho mejor.
Pero el pasado tiene esa particularidad: llega demasiado tarde para modificarlo.
Así que esta mañana decidí hacer algo mucho más sencillo.
Volver a leer.
Mi biblioteca abandonada parecía agradecerlo.
Comencé con un libro de autoconocimiento y amor propio basado en astrología, esperando encontrar alguna idea que me sorprendiera. No ocurrió. La mayor parte de lo que encontré eran cosas que ya había pensado, vivido o descubierto por otros caminos.
Y, sin embargo, el libro me hizo bien.
No porque me enseñara algo nuevo, sino porque me recordó cosas que había olvidado.
A veces creo que también necesitamos eso: no siempre aprender, sino volver a encontrarnos con algo que ya sabíamos y que llevaba demasiado tiempo dormido.
Pájaros y pajazos mentales, diría un amigo.
Después continué con mi saga de Crónicas del asesino de reyes. Y aquí ocurrió algo diferente. Entre una historia de fantasía, aventuras y personajes a los que uno termina tomando cariño, encontré partes de mí que no estaba buscando.
Quizá sea verdad eso que tantas veces he pensado: que algunas de las cosas que nos atraen profundamente en otras personas también pueden existir, de alguna manera, dentro de nosotros.
Aquel libro que parecía no tener nada del otro mundo consiguió devolverme sentido a pequeñas partes de mí que yo misma había considerado insignificantes.
Después llegó el tercero.
Un pequeño libro de filosofía estoica que terminó en mis manos de una manera bastante peculiar. Me lo regaló un hombre que conocí en mi último viaje y que, después, desarrolló una obsesión conmigo que me resultó bastante incómoda. Por más que intenté alejarme, parecía empeñado en permanecer cerca.
Las personas que me conocen saben que para mí el conocimiento puede ser peligrosamente adictivo y que los libros siguen siendo una de mis formas favoritas de conseguirlo.
Así que, estando en la boca del lobo, decidí aprovechar el regalo y convertirlo en mi juguete nuevo.
Sorry, but not sorry.
Lo curioso es que ese libro, al que ya le había puesto el ojo hacía algún tiempo, fue precisamente el que me regaló una frase de Marco Aurelio que terminó encendiendo algo en mí:
«El fuego ardiente hace que todo lo que se arroja en él se convierta en llamas y brillo».
La leí una vez.
Después otra.
Y algo hizo clic.
Unos días antes me había sorprendido descubrir que leer me estaba dando pereza. Incluso había empezado a preocuparme porque sentía que mi capacidad para analizar, relacionar e interpretar los textos se había apagado un poco.
Y entonces apareció aquella frase.
Fue una pequeña reacción en cadena.
Como si una chispa hubiera encontrado algo que todavía podía arder dentro de mí.
De pronto comenzaron a aparecer conexiones entre los tres libros, entre lo que había estado pensando, entre cosas que había vivido y otras que ni siquiera sabía que estaban esperando ser nombradas. Mi mente empezó a hacer aquello que siempre ha hecho: saltar de una idea a otra, buscar símbolos, relacionar, comparar, interpretar.
A veces pienso que mi manera de leer es también una de mis rarezas. Hago una especie de exégesis y eisegesis al mismo tiempo, y quizá por eso nunca sé muy bien dónde termina lo que quiso decir el autor y dónde comienza lo que el texto despierta en mí.
Es como una canción.
El compositor puede haberla escrito pensando en una persona, en una historia completamente determinada, pero alguien puede escucharla años después y encontrar en ella su propia vida.
Y quizá eso fue lo que me pasó con aquella frase.
Yo vi fuego.
Pero no vi solamente destrucción.
Pensé en esa parte de nosotras que alguna vez estuvo encendida y que, por distintas razones, dejamos de alimentar.
Pensé en la pasión.
En esas cosas que hacemos porque algo dentro de nosotras se mueve cuando las hacemos. En los dones que quizá estuvieron siempre allí, pero que dejamos de mirar. En la curiosidad, en la creatividad, en la capacidad de aprender, en esa manera particular que cada persona tiene de hacer algo suyo.
Y pensé también en el brillo.
Porque quizá el brillo no sea otra cosa que aquello que aparece cuando ponemos nuestras capacidades al servicio de algo que verdaderamente nos importa.
No para convertirnos en luz para los demás. No para demostrar nada. Simplemente porque cuando algo dentro de nosotros está vivo, inevitablemente termina iluminando alguna parte de lo que tocamos.
Pero el fuego tiene otra función que me interesa todavía más.
Transforma.
Y eso significa que, para que algo nuevo aparezca, quizá algunas cosas tengan que dejar de ser como eran.
Una capa.
Una vieja manera de pensar.
Una versión de nosotros mismos que alguna vez fue necesaria pero que ya no nos sirve.
Una idea sobre quién deberíamos ser.
Una forma de vivir que nos acostumbramos a llamar normal simplemente porque llevamos demasiado tiempo dentro de ella.
Por eso me gusta la imagen del fuego como purificación, aunque no creo que la transformación sea tan bonita mientras está ocurriendo.
Nos gusta hablar del renacimiento, pero olvidamos que antes del renacimiento hay algo que termina.
Tal vez por eso el ave fénix sigue siendo una imagen tan poderosa: no porque sea hermoso arder, sino porque después de las cenizas queda la posibilidad de otra forma de existencia.
Y quizá eso era lo que me estaba ocurriendo esta semana.
Yo pensaba que había perdido algo.
Pensaba que mi mente se había vuelto perezosa, que había perdido aquella capacidad de entusiasmarme con una idea, de encontrar conexiones, de quedarme pensando durante horas en una frase.
Pero quizá no había desaparecido.
Quizá solamente había dejado de recibir combustible.
Y entonces comprendí algo que me pareció mucho más importante que la frase misma:
no todo lo que deja de verse está muerto.
Hay cosas que simplemente están esperando una chispa.
A veces creemos que hemos perdido una parte de nosotras porque ya no la reconocemos en nuestra vida cotidiana. Dejamos de escribir, de leer, de crear, de preguntar, de aprender, de sentir curiosidad. Y después de un tiempo comenzamos a pensar que aquella mujer ya no existe.
Pero quizá sí existe.
Quizá está debajo de algunas capas.
Quizá está esperando un libro, una conversación, una canción, una frase encontrada por casualidad en una mañana cualquiera.
Hoy no siento que haya descubierto algo completamente nuevo.
Creo que recordé quién soy cuando algo me enciende.
Y me gusta pensar que el fuego no siempre llega para destruir.
A veces llega para recordarnos que todavía arde algo.
Con cariño,
Venus de Nilo

Comentarios
Publicar un comentario