La sonrisa que creí perdida


 Hay cosas que una cree que ya no volverá a hacer.

Yo pensaba que escribir poesía era una de ellas.

Hace más de quince años que no me encontraba escribiendo un poema. No porque hubiera decidido dejar de hacerlo, sino porque, en algún momento, las palabras empezaron a servirme para otras cosas. Para entender. Para ordenar. Para contar historias. Para intentar decir aquello que no sabía cómo decir de otra manera.

Pero hace poco me encontré escribiendo unos versos.

Y me sorprendió lo que había debajo de ellos.

No hablaban de una idea. No hablaban de una historia que quisiera inventar. Hablaban de alguien.

Y, sobre todo, hablaban de una parte de mí que yo creía perdida.

Verte me devolvió la sonrisa que creí perdida. 

Tu sonrisa encendió la chispa que creí apagada.

Desde entonces, el corazón me recuerda que aún te amo.

Los leí varias veces.

Y me quedé en silencio.

Porque hay verdades que una puede pasar años evitando, no necesariamente porque quiera mentirse, sino porque la vida continúa y una aprende a guardar ciertas cosas en lugares donde no tengan que ser tocadas todos los días.

Hasta que algo las mueve.

Una sonrisa.

Una mirada.

Una canción.

Una persona que aparece frente a ti y, sin proponérselo, consigue que recuerdes a la mujer que eras cuando todavía sonreías de esa manera.

Y entonces comprendí algo que no había podido comprender antes.

Quizá por eso con nadie más había funcionado.

No porque las otras personas hubieran sido insuficientes. No porque hubiera una historia escrita de antemano para nosotros. Sino porque yo estaba intentando encontrar afuera una sensación que, en realidad, pertenecía a una historia que todavía no había terminado de comprender dentro de mí.

Y qué extraño es descubrir que todavía amas a alguien cuando ya habías aprendido a vivir como si no lo hicieras.

No sé qué hacer con esa verdad.

Quizá no tenga que hacer nada.

Porque también estoy aprendiendo que reconocer lo que sentimos no significa necesariamente actuar sobre ello.

Puedo decirme la verdad sin tener que convertirla en una llamada.

Puedo aceptar que alguien todavía vive en una parte de mi corazón sin pedirle que vuelva a mi vida.

Puedo querer y, al mismo tiempo, entender que querer no siempre significa acercarse.

Por eso escribí después:

Nada gano con decirlo.

Nada cambiará al escucharlo.

Y quizá esa sea la parte que más me cuesta.

Aceptar que algunas verdades no necesitan ser entregadas a la persona que las despertó.

A veces basta con reconocerlas.

Con sentarse un momento frente a ellas y dejar de discutir.

Porque tal vez aquello que sentí no estaba esperando una respuesta. Tal vez solo necesitaba que yo dejara de fingir que había desaparecido.

No sé todavía qué significa todo esto.

Solo sé que después de más de quince años volví a escribir un poema.

Y quizá eso sea lo verdaderamente importante.

No que todavía te ame.

Sino que al verte, por un instante, también volví a encontrarme con una mujer que creía perdida.

Y esa mujer sonreía.


Banda sonora

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