¿Qué hacemos con un amor que existe cuando la realidad de nuestras vidas ya cambió?
Una carta sobre esos amores que no desaparecen aunque la vida haya aprendido a continuar
Hoy es lunes. Podría parecer un día tedioso, uno de esos que simplemente hay que atravesar hasta que llegue el fin de semana. Pero últimamente me está pasando algo extraño: cuanto más miro hacia adentro y menos hacia afuera, más disfruto los días sencillos. He empezado incluso a colorear algunos detalles de rosa, sin quitarles por eso la sabiduría que cada experiencia puede dejarme.
Esta mañana, mientras me lavaba el cabello, imaginé que el agua se llevaba por el desagüe algunas de las cosas que ya no quería cargar. No fue nada extraordinario; apenas una imagen que apareció mientras el agua caía. Pero me pareció esperanzadora. Como si por unos minutos pudiera dejar que algo se fuera sin tener que explicarlo demasiado.
Y entonces, como ha ocurrido durante varios días, apareció otra pregunta.
¿Qué hacemos con un amor que existe cuando la realidad de nuestras vidas ya cambió?
Pensé en los animales y en las distintas maneras que tienen de relacionarse. Hay algo que siempre me ha fascinado de observarlos: cada especie parece tener su propia manera de entender el vínculo. Los lobos buscan compañía y estabilidad para la manada. Los pájaros horneros pueden separarse cuando las condiciones dejan de ser buenas y comenzar otra vida. Hay animales que parecen buscar la novedad, otros que permanecen juntos durante años. Y están los cisnes, que se han convertido para mí en una imagen del amor profundo y de la dificultad de reemplazar un vínculo cuando ha ocupado un lugar muy importante.
Quizá los estoy usando como una manera sencilla de hablar de algo mucho más humano: no todos amamos de la misma manera.
Durante mucho tiempo pensé que yo era más parecida a un caballito de mar, de esos que me hacen pensar en la dulzura de reafirmar un vínculo cada día. Después comprendí que quizá me parezco más a un cisne.
No me enamoro fácilmente.
Durante buena parte de mi juventud pensé que el problema era mío. Había personas interesadas en mí, pero después de unos meses de conocerlas y admirarlas, algo dentro de mí simplemente no avanzaba. Yo no entendía por qué. Intentaba encontrar esa emoción que parecía tan natural para otros y terminaba sintiendo que algo estaba mal conmigo.
Con el tiempo comprendí que quizá no miro las cosas que suelen llamar primero nuestra atención. No me enamoro solamente de un rostro, de una personalidad agradable o de aquello que alguien podría llegar a ser. Necesito conocer. Observar. Descubrir quién hay detrás de lo evidente. Y cuando alguien consigue atravesar esa mirada y llegar realmente hasta mi corazón, el vínculo adquiere una profundidad que no me resulta fácil reemplazar.
Por eso pasé tantos años sin sentir una atracción profunda por nadie, como si una parte de mí estuviera esperando algo que yo misma no sabía nombrar.
Después me enamoré.
La relación terminó, la vida continuó y, aunque intenté volver a encontrar aquello que había sentido, llegó un momento en que todo comenzó a parecerme monótono. Me obligaba a cumplir con esa especie de deber social de volver a formar pareja, como si estar sola fuera una etapa que necesariamente debía superar. Y cuanto más me obligaba, más dolorosas terminaban siendo las relaciones.
Hasta que un día dejé de intentarlo.
Volví a mi propia compañía. Y descubrí que podía estar conmigo sin sentir que me faltaba alguien.
Pensé que aquel capítulo estaba cerrado.
Hasta ahora.
Porque mi vida cambió completamente. No queda demasiado de aquella mujer joven que fui. He recorrido otros caminos, he aprendido otras cosas, he amado de otras maneras y he construido una vida que ya no se parece a aquella.
Y, sin embargo, después de tanta introspección, descubrí algo que me tomó por sorpresa:
mi corazón todavía estaba ocupado.
Lo primero que me pregunté fue si realmente amaba a esa persona o si estaba amando a su fantasma.
Porque sé que nadie permanece igual.
La persona que amé hizo su vida. Yo hice la mía. El tiempo nos atravesó de maneras que no puedo conocer. Ya no somos quienes éramos y sería ingenuo imaginar que podríamos regresar exactamente al lugar donde nos quedamos.
Entonces comprendí algo que quizá necesitaba aprender desde hace mucho tiempo: amar y querer volver no son necesariamente la misma cosa.
Puedo amar a alguien y no querer recuperar la vida que tuvimos.
Puedo extrañarlo sin querer alterar su presente.
Puedo recordar lo que fuimos sin creer que tenemos que volver a serlo.
Y puedo reconocer que todavía existe amor sin convertir ese sentimiento en una petición.
Creo que ahí empieza una forma distinta de madurez: cuando dejamos de pensar que todo lo que sentimos tiene que convertirse inmediatamente en una decisión.
Porque también podemos hacerle daño a un sentimiento verdadero cuando intentamos convertirlo en una historia. Podemos confundir nostalgia con destino, alimentar esperanzas con pequeños detalles, interpretar silencios y coincidencias como respuestas.
Yo ya no quiero hacer eso.
Pero tampoco quiero obligarme a decir que ya no amo solamente porque sería más sencillo.
Hay algo profundamente injusto en pensar que para seguir adelante tenemos que negar todo aquello que alguna vez sentimos.
Quizá la libertad no consiste en dejar de sentir.
Quizá consiste en poder sentir sin permitir que aquello nos gobierne.
Y entonces aparece la pregunta más difícil: ¿qué hacemos con este amor ahora que la vida cambió?
Creo que no debemos pedirle al presente que se comporte como si el pasado hubiera estado esperando intacto.
Si alguna vez dos personas que se amaron vuelven a encontrarse, quizá no deberían preguntarse solamente cuánto sienten, sino qué pueden construir hoy.
No desde la nostalgia.
No desde la deuda.
No desde la necesidad de comprobar que todavía son importantes para la otra persona.
Desde la realidad.
Porque el amor también necesita tierra. Necesita hechos, reciprocidad, tranquilidad y una vida que pueda sostenerlo.
Y si eso no existe, quizá amar también pueda significar aceptar que no todo lo verdadero está destinado a convertirse nuevamente en una relación.
No sé qué lugar ocupará para siempre este amor dentro de mí.
Tal vez cambie de forma. Tal vez permanezca como una parte silenciosa de mi historia. Tal vez algún día encuentre una manera completamente distinta de existir.
No lo sé.
Y por primera vez, no siento que necesite saberlo.
Solo sé que puedo querer a alguien sin perseguirlo. Puedo recordar sin regresar. Puedo aceptar la ausencia sin convertirla en una negación de lo que sentí.
Quizá eso sea lo que hacemos con un amor cuando la realidad de nuestras vidas ha cambiado.
No lo negamos.
No lo perseguimos.
No lo convertimos en fantasía.
Lo miramos de frente.
Y dejamos que la realidad nos enseñe qué lugar puede ocupar.
Esta noche, cuando vuelva a bañarme, quizá vuelva a imaginar que el agua se lleva algunas cosas por el desagüe. Pero ahora sé que no todo tiene que irse.
Hay cosas que podemos dejar de cargar sin tener que dejar de amar.
Y tal vez eso también sea una forma de volver a casa.

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